Reconciliación con nuestro Orígen

Desde la perspectiva de las constelaciones familiares (método terapéutico, creado por Bert Hellinger), el alma de la familia podría representarse como un tejido de hilos invisibles que nos recorren y atraviesan. Somos parte de una urdimbre, de una historia indivisa como un árbol añoso cuya savia nutre nuestras emociones, pensamientos y sentimientos.

Reconocer que tuvo que existir alguien antes que nosotros que nos dio la fuerza de la vida y a su vez alguien le tuvo que dar la vida a esos  padres, a nuestros abuelos, a nuestros bis-abuelos y así infinitamente la vida vino a partir de alguien a quién debemos honrar, porque de lo contrario no existiríamos.

Por eso mis hermanos indígenas me han enseñado constantemente a honrar y reconocer nuestros ancestros, padres, abuelos, maestros, guías que han precedido nuestro camino,  que han iluminado la senda, que con su vida nos han dado la oportunidad de transitar un trayecto que nos ha permitido llegar a ser lo que somos. Así como los ríos,  los seres humanos procedemos de una fuente primigenia, de un flujo de amor dinámico,  de un intercambio necesario entre dar y recibir, los padres dan, los hijos toman…..vamos cambiando, mutando a lo largo de la historia y cómo lo planteaba Aristóteles, el alma alberga un fin, un objetivo: una bellota llega a convertirse en un roble porque es impulsada por su ánima hacia su forma final.

El pensamiento Cartesiano, fragmentó al ser, impulsando la idea de que la naturaleza era una máquina inanimada, quitándole el alma a los animales, vegetales e incluso al cuerpo humano reduciéndolos a meros mecanismos. Y así hemos ido perdiendo el rumbo, pues al perder la conexión con el sentido primordial de la semilla, de ese impulso vital nos desconectamos de nuestro origen y es más difícil ver con claridad nuestro destino.

El filósofo Charles Fair afirmó que una era llega a su fin cuando una civilización pierde lo que el alma significa para ella.

Perdimos la conexión con lo sagrado, con el cosmos, los astros y nos limitamos a pensar que somos sólo un pequeño espacio de fabricación humana.

Maister Eckhart sostenía que el alma está donde hay compasión, esta mirada quizá empiece con nosotros mismos, cuando podamos mirar hacia el pasado con una mirada piadosa cuando podamos ver y agradecer a nuestros ancestros y reconocer cómo ellos vivían en una armonía simbiótica con la tierra viva, con Gaia con la pacha-mama.

“Nuestro reto de supervivencia como especie no solo es el desarrollo de nuevas y necesarias formas de organización para la sociedad humana o de nuevas y más adecuadas técnicas para la utilización y la conservación de los recursos de la naturaleza, si no el redescubrimiento de mitos, de sueños compartidos, que nos otorguen razones para el ser, para el actuar, y para el hacer individual y colectivo que nos vinculen indisolublemente con los demás hilos y nodos de la trama de la vida.”

Wilches- CHAUX. Ob. Cit.,p.175

Debemos recuperar la huella de los senderos invisibles e ir hacia el centro de nuestro propio corazón. Abrazar la historia, la nuestra y la de los otros, la historia de la humanidad. Tener la capacidad de oír la voz de los abuelos, de los taitas, de los ancianos para encontrar nuestra propia voz.

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