El Terreno Emocional

En la Biblia se utiliza el término nephesh, traducido como “suspiro y pulso de vida”. Según los cabalistas, el nephesh habita en un medio vital, descrito como un vapor humeante que reside en las cavidades del corazón, desde donde se distribuye por todo el cuerpo. Si bien la sangre es el vehículo para el movimiento de la fuerza vital (nephesh), a su vez es el vehículo para el movimiento de la conciencia. Para los médicos tradicionales chinos, el concepto sangre incluye, además de la parte física, la energía inherente que está dentro

de la sangre que se crea por la interacción del bazo-páncreas al extraer los nutrientes que han entrado en el tracto gastrointestinal.

La preocupación y la ansiedad, ejemplos de pensamientos en exceso, dañan las funciones del bazo-páncreas, su producción de sangre y la asimilación de nutrientes. De la misma manera, la irascibilidad y el resentimiento se acumulan en el hígado; los miedos, en los riñones; la tristeza, en los pulmones, y muchas otras emociones que no hemos podido procesar de una manera adecuada quedan atrapadas formando corazas de resistencia en otras partes de nuestro cuerpo: articulaciones, fascias, nervios o cualquier otro lugar corporal. Esto produce tanto desequilibrio que podemos generar enfermedades autoinmunes, artritis, cáncer u otras muchas enfermedades asociadas a estas emociones atrapadas en nuestro interior.

La ciencia médica reconoce que muchas enfermedades corporales provienen o se agravan por la tensión resultante de la ira, el miedo, la ansiedad, la preocupación, la envidia, la codicia y cualquier otra actitud o emoción negativa, y afectan el cuerpo por intermedio de los sistemas nervioso, endocrino, muscular e inmune.

A veces llevamos un equipaje tan cargado con este tipo de emociones que nuestra vida se torna caótica, nos volvemos reactivos, temerosos, amargados e incluso perdemos la alegría de vivir. Todo se hace lento; nuestra sangre se vuelve más densa, pues estamos en un estado constante de “alerta”, de reacción, de “huida”, de “tensión”. De esta forma, las emociones estimulan las glándulas adrenalínicas para que segreguen adrenalina, que a su vez, se convierte en epinefrina, dopamina y noradrenalina, sustancias químicas que desencadenan una serie de pensamientos y reacciones físicas como aumento del ritmo cardiaco y de la respiración, glucosa en la sangre y actividad muscular, pues son reacciones aumentadas distintas a las del ritmo orgánico normal, reacciones exacerbadas por la acción de las hormonas. El miedo deprime la respuesta inmunitaria, aumenta el ritmo cardiaco y la respiración y también hace que el sistema muscular se contraiga. Si estas respuestas se hacen crónicas, el estrés eleva significativamente el nivel de colesterol, mientras que el sistema hormonal aumenta y se desequilibra, sobre todo en las catecolaminas. Una de las consecuencias más claras cuando tenemos un desbalance en nuestro cuerpo es el ritmo cardiaco y la respiración que se vuelve corta, entrecortada, poco profunda como un jadeo que desgasta el sistema en lugar de oxigenarlo. De esta forma, los músculos del cuerpo se contraen manteniéndose tan tensos, que a veces se producen fuertes espasmos.

A la inversa, las emociones positivas como el amor, la esperanza, la alegría y los sentimientos de bienestar y seguridad refuerzan nuestro sistema inmune y hacen que nuestro cuerpo físico tenga una mejor capacidad para rechazar la enfermedad.

Cuando una persona realmente es feliz —entendiendo la felicidad como la posibilidad de elegir la actitud  con la que afrontamos cada día y el equilibrio que logremos para enfrentar los retos, dificultades y logros que nos trae la vida— sus análisis de sangre muestran un sistema inmunológico muy activo, pues la emoción de la alegría y las ganas de vivir abren y expanden nuestro campo energético, y envían esta energía que se propaga por todo el cuerpo eléctrico y físico.

Los sentimientos de felicidad hacen que los nervios parasimpáticos, responsables de la regulación de los mecanismos homeostáticos de los organismos vivos, tomen el control y se presente la reducción del estrés, la mejora del equilibrio intestinal y la transmisión de mensajes al hipotálamo. Las fibras de este sistema llegan a casi todos los órganos y sistemas del cuerpo, desde la pupila del ojo hasta la motilidad intestinal. El sistema simpático nos ayuda a sentir las sensaciones de frío o calor, lo que nos permite experimentar mayor sentimiento de dicha.

Cada pensamiento genera una emoción y cada emoción moviliza un circuito hormonal que tendrá impacto en los 50.000 millones de células que forman nuestro organismo. Si vemos estas correlaciones energéticas, nos damos cuenta de que no solo los nutrientes de los alimentos son indispensables para que la fuerza de vida navegue por nuestra sangre, sino que los alimentos para la mente también son importantes: los buenos sustratos del corazón nutren adecuadamente este terreno emocional, pues la preocupación y las actitudes negativas aceleran el envejecimiento porque debilitan la sangre, que es la encargada de llevar los nutrientes necesarios para la regeneración de las células.

El pensamiento es un movimiento energético que aunque inicialmente es intangible, rápidamente se convierte en emoción un movimiento de neuroquímica. (Dr. Juan Hitzing)

¡Cultivemos las conductas S que promueven la secreción de Serotonina!

Serenidad

Silencio

Sabiduría

Sabor

Sexo

Sueño

Sonrisa.

(Serotonina, inhibe el enojo o la agresión, y promueve ánimo, amor, aprecio, amistad y acercamiento)

¡Controlemos las conductas R que facilitan la secreción de cortisol!

Resentimiento

Rabia,

Rencor

Reproche

Resistencia

Represión

(Cortisol, una hormona corrosiva para las células que acelera el envejecimiento y promueve la depresión, el desánimo, la desesperación, entre otros)


Mi maestro de chi-kung, Wong Ki Kut, antes de cada práctica nos decía: “Smile from your Heart” (“Sonríe desde el corazón”), pues si el corazón está sonriente todos los órganos también lo harán.

-Contenido cocreado por Xiomara Xibillé & CatherineCruzB

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